Tras el paso de los sistemas frontales que durante las últimas semanas afectaron a gran parte del país, especialistas coinciden en que las lluvias intensas vuelven a instalar el debate sobre infraestructura, prevención y sistemas de alerta. El verdadero desafío, advierten, es mantener esa preparación cuando la emergencia termina.
El paso de los recientes sistemas frontales volvió a recordar una pregunta que muchas comunidades de Chile se hacen después de cada temporal: ¿estamos realmente preparados para el próximo? Sin embargo, cuando la emergencia termina, esa urgencia suele diluirse y muchas de las discusiones sobre prevención quedan postergadas hasta el siguiente evento extremo.
Las imágenes de ríos desbordados, calles anegadas o viviendas afectadas en distintas regiones del país reabren preguntas sobre la capacidad de la infraestructura, la eficacia de los sistemas de alerta y el nivel de preparación del país frente a eventos hidrometeorológicos cada vez más complejos. Pero una vez que el agua baja, el foco suele desplazarse hacia otras prioridades.
En un contexto marcado por la creciente variabilidad climática, Chile ha desarrollado colectores de aguas lluvias, encauzamientos y diversas obras destinadas a reducir los riesgos asociados a las crecidas. No obstante, el cambio climático y la ocupación de zonas expuestas están obligando a replantear la forma en que enfrentamos estos eventos. Más que construir nuevas obras, diversos especialistas coinciden en la necesidad de fortalecer el monitoreo, la información y la coordinación institucional.
“Después de cada inundación todos nos preguntamos qué falló y qué deberíamos hacer distinto, pero cuando la emergencia termina esa preocupación se diluye. El desafío es mantener una preparación permanente y contar con información que permita tomar decisiones antes, durante y después de estos eventos”, señala Emilio de la Jara, CEO de Capta Hydro.
Desde la Dirección de Obras Hidráulicas (DOH) del Ministerio de Obras Públicas explican que uno de sus principales desafíos es ejecutar permanentemente acciones preventivas de conservación de la infraestructura existente y desarrollar nuevas obras de protección considerando la incertidumbre hidrológica asociada al cambio climático. A ello se suma la necesidad de incorporar estos nuevos escenarios en el diseño de infraestructura cada vez más resiliente.
La DOH también destaca que la preparación frente a inundaciones requiere una coordinación permanente entre los distintos servicios públicos, los municipios y otros actores involucrados. Asimismo, considera fundamental identificar las zonas de riesgo con información hidrológica actualizada, fortalecer la planificación territorial y contar con planes de contingencia que permitan responder oportunamente cuando los pronósticos alerten sobre eventos extremos.
En ese contexto, la información adquiere un rol cada vez más relevante. Según la Dirección de Obras Hidráulicas, el monitoreo de variables hidrometeorológicas, junto con el registro de caudales en línea y el seguimiento de puntos críticos, permite apoyar la toma de decisiones, generar alertas oportunas y activar acciones de respuesta durante las emergencias.
Para Emilio de la Jara, el desarrollo de infraestructura física debe ir acompañado de una mayor capacidad para comprender lo que ocurre mientras se desarrolla una emergencia. “La infraestructura seguirá siendo fundamental, pero también necesitamos saber qué está ocurriendo cuando enfrenta una crecida. Si no contamos con información en tiempo real, seguimos tomando muchas decisiones con un nivel de incertidumbre que hoy la tecnología permite reducir”.
Desde el mundo académico, esa mirada también encuentra respaldo. Octavio Rojas, investigador del Centro EULA de la Universidad de Concepción, sostiene que el país enfrenta un desafío que trasciende la construcción de nuevas obras. “Uno de los principales desafíos es avanzar desde una gestión predominantemente reactiva hacia una gestión verdaderamente preventiva”, afirma.
Para Rojas, avanzar hacia una gestión preventiva implica incorporar el riesgo de inundación de manera efectiva y vinculante en la planificación territorial, fortalecer la gestión a escala de cuenca y mejorar la coordinación entre los distintos niveles del Estado para reducir la vulnerabilidad antes de que ocurra una emergencia. A su juicio, prevenir no significa eliminar completamente las inundaciones, sino evitar que un fenómeno hidrometeorológico vuelva a transformarse en un desastre social y territorial.
Advierte que esta preparación debe mantenerse incluso cuando las lluvias dejan de ocupar la agenda pública. “La memoria institucional y comunitaria debe fortalecerse y preservarse, porque el olvido favorece que se repitan decisiones que vuelven a producir riesgo”.
El investigador sostiene además que los sistemas de alerta temprana deben apoyarse en un monitoreo continuo que integre información en tiempo real sobre niveles de ríos, nieve acumulada, capacidad de almacenamiento de embalses y condiciones de los sectores críticos de cada cuenca. A su juicio, ampliar las redes de monitoreo e integrar la información disponible entre las distintas instituciones permitirá fortalecer significativamente la preparación frente a futuras inundaciones.
La experiencia de los últimos años deja una enseñanza clara: la preparación frente a futuras inundaciones no comienza cuando se anuncia un sistema frontal. Comienza mucho antes, fortaleciendo el conocimiento del territorio, la coordinación institucional y la capacidad de transformar información en decisiones oportunas.
Los recientes sistemas frontales volvieron a poner a prueba esa capacidad de anticipación. Pero, más allá de este episodio, el verdadero desafío seguirá siendo el mismo: aprovechar el tiempo entre una emergencia y otra para prepararnos mejor. Porque, como advierte Octavio Rojas, “la memoria institucional y comunitaria debe fortalecerse y preservarse, porque el olvido favorece que se repitan decisiones que vuelven a producir riesgo”.




